Año nuevo chino a prueba de coronavirus

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Año nuevo chino a prueba de coronavirus

Pese a las limitaciones, las autoridades esperan 1.150 millones de desplazamientos en las vacaciones más largas en este país. Por fin ha acabado en C

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Pese a las limitaciones, las autoridades esperan 1.150 millones de desplazamientos en las vacaciones más largas en este país.

Por fin ha acabado en China un año que ha sido para olvidar, pero que el mundo entero recordará para siempre. Siguiendo la tradición del calendario lunar y el horóscopo chino, anoche concluyó el año de la rata y empezó el del buey. A su fuerza habrá que aferrarse para superar la pandemia del coronavirus, esta peste del siglo XXI que trajo la rata con el estallido en Wuhan, precisamente, en plena celebración del pasado año lunar.

Conocida como la Fiesta de la Primavera, se trata de la fecha más importante de China y de sus vacaciones más largas. Para los 300 millones de emigrantes rurales que trabajan en las grandes ciudades y las fábricas de la costa son, además, la única oportunidad del año de volver a casa con sus familias. Junto a los viajes de los turistas y los estudiantes que regresan al hogar, cada año nuevo chino registra el mayor movimiento de masas del planeta, con 3.000 millones de desplazamientos durante los 40 días que dura su celebración.

En 2020 se vio bruscamente interrumpido por el estallido del coronavirus en Wuhan, que provocó una paralización de todo el país durante casi dos meses, y este va por el mismo camino. A tenor de la prensa oficial, se prevé un 60% menos de movimiento, pero aun así serán 1.150 millones de desplazamientos hasta el 8 de marzo desde que la ‘operación salida’ arrancó el pasado 28 de enero.

Aunque la epidemia está controlada en China desde antes del verano, los rebrotes del invierno en Pekín y el nordeste del país han obligado a endurecer los controles y las restricciones de movimientos. Para impedir la propagación del coronavirus, las autoridades no solo han confinado megalópolis como Shijiazhuang, capital de la provincia de Hebei con once millones de habitantes, sino que han limitado los accesos a otras zonas afectadas. Junto a las pruebas masivas y al aislamiento de casos confirmados y asintomáticos, las medidas drásticas de China han vuelto a funcionar para cortar la cadena de contagios en solo dos meses. Desde el lunes, las autoridades llevan sin informar de casos de transmisión local.

Con independencia de la credibilidad que tengan las cifras oficiales, resulta innegable la normalidad que se respira en el país gracias al control de su régimen autoritario y a la fuerte conciencia social. Ante el alto riesgo que presenta el Año Nuevo Lunar, las autoridades han recomendado, o directamente ordenado, no viajar y la mayoría de la población ha obedecido. Bien por voluntad propia, sacrificándose para prevenir la epidemia, o porque no les quedaba más remedio.

Mientras la Administración, las empresas estatales y los colegios y universidades han prohibido viajar a sus funcionarios, empleados y profesores, muchas provincias y ciudades están exigiendo pruebas PCR negativas y hasta dos semanas de cuarentena u observación médica para quienes regresen por las vacaciones del año nuevo. Unas trabas que han disuadido de viajar a muchos chinos.

«Pensaba volver a casa con la familia, pero finalmente no lo haré porque es complicado. A mi hija mayor, que trabaja en una empresa estatal en Xi’an, no le permiten salir de la ciudad y la menor está embarazada y no la queremos poner en riesgo», explica por videollamada desde Pekín Liu Yuerong, una ‘ayi’ (criada) de 47 años de la provincia sureña de Sichuan. Por primera vez desde que se fue a trabajar a la capital china allá por 1998, no podrá regresar a su pueblo. A pesar de la tristeza por no reunirse con sus seres queridos, se lo toma con paciencia oriental. «Al menos, así no tendré que cocinar para veinte personas», bromea con una sonrisa de resignación. Menos conformistas se muestran otros afectados por las restricciones en las redes sociales, cuyas críticas son borradas de inmediato por la censura.

Aeropuertos casi vacíos

Para convencer a la gente de que se quede en casa, algunas ciudades están dando incentivos como cupones para consumir en tiendas y restaurantes locales e internet gratis. Incluso se prometen las vacunas del Covid-19, que está previsto inocular primero a 50 millones de personal esencial y, después de las fiestas, al resto de la población: 1.350 millones de personas. Según informa France Presse, mientras en Pekín se repartirán 40 millones de yuanes (5,1 millones de euros) entre quienes «respondan a la llamada del Gobierno de quedarse quietos», la ciudad oriental de Hangzhou entrega 1.000 yuanes (127 euros) a los trabajadores para que no abandonen sus fábricas u obras en estas vacaciones. Como muchos no podrán volver a casa para ver a sus hijos, el Ministerio de Asuntos Civiles ha ordenado a los gobiernos locales que faciliten las llamadas y videoconferencias de los siete millones de niños que se calcula viven separados de sus padres.

Debido a todas estas limitaciones, gigantescos aeropuertos como los de Pudong y Hongqiao en Shanghái presentan estos días una estampa muy distinta al bullicio habitual, con sus pasillos y puertas de embarque casi vacíos. Pero, por supuesto, todavía hay muchos chinos que siguen viajando y, aunque sean menos de la mitad, son más que suficientes para llenar los trenes, sobre todo los que en este primer éxodo van desde las ciudades industriales de la costa hasta el interior.

Aunque la televisión estatal CCTV ha informado de que el 28 de enero, el día de la ‘Operación Salida’, los desplazamientos ya cayeron un 74% con respecto al año pasado, los ferrocarriles esperan transportar hasta el 8 de marzo a 400 millones de pasajeros, lo que suponen unos diez millones al día. El lunes, el tren de alta velocidad entre Shanghái-Hongqiao y la estación de Hankou, en Wuhan, iba hasta los topes. A la llegada, revisores con trajes especiales de protección recibían a los pasajeros procedentes de las provincias del nordeste donde ha habido rebrotes del coronavirus, quienes debían presentar el certificado de su test PCR negativo durante la última semana.

Por seguridad, este corresponsal se ha hecho durante el último mes tres pruebas, que solo cuestan 80 yuanes (10 euros) y cuyos resultados se envían al día siguiente al móvil. Pero, al moverse solo por zonas de bajo riesgo, lo único que hay que presentar para entrar en lugares públicos es el código de salud QR, que registra la ubicación durante las dos últimas semanas, el historial médico y si alguno de los contactos guardados en el móvil ha sufrido el Covid-19.

A las puertas del hospital central de Wuhan, que hace justo un año atravesaba el pico del coronavirus y lleva desde el verano sin informar de contagios locales, una cola aguarda para hacerse la prueba en una carpa azul. «Vengo de Hangzhou, donde trabajo en una fábrica de ropa, y tengo que hacerme el test para entrar en mi ciudad natal, Xiaogang, y poder pasar las vacaciones con mi familia. De lo contrario, tendré que cumplir una cuarentena de dos semanas», cuenta Dong Zhou, de 24 años, bajo el frío húmedo y la niebla que emerge del Yangtsé y envuelve a Wuhan en invierno.

Atrapado en Wuhan

Para celebrar su victoria sobre la epidemia, por toda la ciudad se han colgado 30.000 farolillos rojos, que brillan entre la bruma en sus majestuosos puentes y futuristas autopistas. El año pasado, aquí se quedó atrapado un joven terapeuta apellidado Zhang, quien le cambió el último turno a un compañero y no pudo salir de Wuhan tras su cierre el 23 de enero, que duró 76 días.

«No pude regresar a mi ciudad, Huanggang, a pesar de que no está lejos. Al principio del confinamiento, teníamos mucha ansiedad porque no podíamos contactar con nuestras familias. Pero seguimos las recomendaciones del Gobierno y, con el reparto de comida que hacían los voluntarios, nos fuimos acostumbrando poco a poco a la situación y nos pasábamos el día enganchados a la tele, internet y los videojuegos», recuerda Zhang mientras pasea por la popular calle comercial Han. Aunque admite que la experiencia fue dura, cita un refrán chino para justificar que siempre hay alguien que debe sacrificarse: «¿Quién irá al infierno si yo no lo hago?».

Para los chinos, el Año Nuevo Lunar es un momento de reunión familiar, de sentarse junto a los seres queridos en torno a una copiosa cena y ver en televisión la gala de la Fiesta de la Primavera, el programa más seguido del mundo con 700 millones de espectadores. Debido al éxodo masivo a los pueblos, grandes ciudades como Pekín y Shanghái se quedan prácticamente desiertas y sus habitantes se pasan el día jugando al mahjong, una especie de dominó con más de cien fichas, y enviándose por internet ‘sobres rojos’ (hongbao) con dinero. Además de visitar a los parientes y amigos, estos días se acude a los templos, más para pedir suerte que para rezar, pero los aforos se han visto limitados drásticamente y muchas celebraciones callejeras han sido canceladas. Por culpa del coronavirus, para hacer todo esto habrá que esperar al año que viene, siempre y cuando el buey y las vacunas se lleven la peste del siglo XXI que trajo la rata.

Fuente: Hoy / Pablo M. Díez.

https://www.hoy.es/internacional/asia/ano-nuevo-chino-prueba-coronavirus-20210212213156-ntrc.html